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Milei contra el desgaste: cuando la confrontación también es control

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Por Javier Pianta

En medio del peor momento político del Gobierno, el presidente eligió un formato hostil para redoblar la apuesta. No fue un desborde. Fue estrategia.

" La entrevista de Javier Milei en LN+ con Luis Majul y Esteban Trebucq no fue un simple catálogo de declaraciones explosivas. Expuso, otra vez, el modo en que el mileísmo entiende la comunicación política: no como administración institucional del discurso, sino como construcción permanente de identidad."

En un intercambio posterior, Manuel Zunino y Santiago Giorgetta —de Proyección Consultores— sintetizaron tres atributos que, a su entender, Milei volvió a reforzar frente a su núcleo duro: la idea de "persona común/no político", la firmeza y la visión de futuro. Y Zunino, sociólogo, agregó una frase que condensa toda la lógica del momento: "Los gobiernos no sobreviven construyendo mayorías sino primeras minorías intensas". Allí se encuentra una clave para interpretar correctamente lo ocurrido.

Porque el contexto importa.

El Presidente dio esta nota en medio de un clima evidente de desgaste político y mediático. Con el jefe de Gabinete hipercuestionado por presuntas inconsistencias patrimoniales y sospechas de enriquecimiento ilícito; con sectores opositores —como Unión por la Patria y parte del radicalismo— intentando desplazar la discusión desde la economía hacia la ética pública; y con parte del sistema mediático trabajando sobre la hipótesis de erosión del relato libertario.

En ese escenario, Milei eligió no correrse del conflicto. Eligió profundizarlo.

Esa decisión no parece improvisada. Existe una lógica estudiada en los liderazgos contemporáneos: en contextos de polarización y crisis de representación, muchos dirigentes preservan legitimidad no moderando el tono sino reafirmando identidad frente a la amenaza. La clave deja de estar en "parecer presidencial" según los códigos clásicos y pasa a estar en "seguir siendo el mismo". La autenticidad percibida empieza a valer más que la moderación institucional.

Allí aparece una frase aparentemente menor pero profundamente significativa: "Adorni no se va ni en pedo". La frase funciona en varios niveles: como rechazo explícito a la presión mediática, como señal interna de cohesión y lealtad, y como ratificación de una estética antiprotocolo que Milei entiende como parte de su diferencial político.

"Lo interesante es que buena parte del análisis periodístico sigue leyendo estos movimientos desde parámetros tradicionales. Hay una tendencia casi automática a interpretar el tono altisonante, la confrontación permanente o ciertas formas disruptivas como síntomas de desgaste, descontrol o error estratégico. Sin embargo, la experiencia reciente obliga a revisar esa lectura: en la lógica política de Milei, muchas veces aquello que parece costo termina funcionando como reafirmación frente a su electorado."

En un intercambio posterior, Manuel Zunino y Santiago Giorgetta —de Proyección Consultores— sintetizaron tres atributos que, a su entender, Milei volvió a reforzar frente a su núcleo duro: la idea de "persona común/no político", la firmeza y la visión de futuro. Y Zunino, sociólogo, agregó una frase que condensa toda la lógica del momento: "Los gobiernos no sobreviven construyendo mayorías sino primeras minorías intensas". Allí se encuentra una clave para interpretar correctamente lo ocurrido.

Porque el contexto importa.

El Presidente dio esta nota en medio de un clima evidente de desgaste político y mediático. Con el jefe de Gabinete hipercuestionado por presuntas inconsistencias patrimoniales y sospechas de enriquecimiento ilícito; con sectores opositores —como Unión por la Patria y parte del radicalismo— intentando desplazar la discusión desde la economía hacia la ética pública; y con parte del sistema mediático trabajando sobre la hipótesis de erosión del relato libertario.

En ese escenario, Milei eligió no correrse del conflicto. Eligió profundizarlo.

Esa decisión no parece improvisada. Existe una lógica estudiada en los liderazgos contemporáneos: en contextos de polarización y crisis de representación, muchos dirigentes preservan legitimidad no moderando el tono sino reafirmando identidad frente a la amenaza. La clave deja de estar en "parecer presidencial" según los códigos clásicos y pasa a estar en "seguir siendo el mismo". La autenticidad percibida empieza a valer más que la moderación institucional.

Allí aparece una frase aparentemente menor pero profundamente significativa: "Adorni no se va ni en pedo". La frase funciona en varios niveles: como rechazo explícito a la presión mediática, como señal interna de cohesión y lealtad, y como ratificación de una estética antiprotocolo que Milei entiende como parte de su diferencial político.

Lo interesante es que buena parte del análisis periodístico sigue leyendo estos movimientos desde parámetros tradicionales. Hay una tendencia casi automática a interpretar el tono altisonante, la confrontación permanente o ciertas formas disruptivas como síntomas de desgaste, descontrol o error estratégico. Sin embargo, la experiencia reciente obliga a revisar esa lectura: en la lógica política de Milei, muchas veces aquello que parece costo termina funcionando como reafirmación frente a su electorado.

El antecedente más claro sigue siendo el debate presidencial de 2023. Muchos de los momentos que fueron interpretados como excesos o desbordes terminaron fortaleciendo la identificación emocional con sectores de su base política. Lo que para parte del sistema mediático aparecía como debilidad, para sus votantes funcionaba como prueba de autenticidad.

El último estudio de Proyección Consultores, de abril de 2026, aporta una evidencia difícil de ignorar. Cuando los argentinos describen al "presidente ideal", la honestidad y la capacidad para resolver problemas encabezan el ranking. La firmeza aparece más atrás. Sin embargo, al evaluar a Milei, los encuestados le reconocen sobre todo dos cosas: visión de futuro y actitud firme. Justo aquello que su electorado más valora. La empatía —el gran déficit del Presidente— resulta casi irrelevante para su núcleo duro.

La conclusión es paradójica pero clara: Milei no es el presidente ideal para la mayoría de los argentinos, pero es exactamente el presidente que su base votó. Y mientras la confrontación siga siendo para ese electorado sinónimo de coherencia, el desgaste político se medirá con otra regla. Ahí resuena la frase de Zunino: este gobierno no busca seducir al centro difuso, sino mantener encendida a su primera minoría intensa.

Claro que ninguna lógica de confrontación permanente está exenta de costos. La misma identidad que fortalece el vínculo con el núcleo duro puede complicar, con el tiempo, la ampliación política o la construcción de acuerdos. Pero, al menos por ahora, Milei parece convencido de que el riesgo mayor no es polarizar demasiado, sino dejar de parecer auténtico frente a quienes lo llevaron al poder.

Por eso esta entrevista no puede analizarse únicamente desde lo que dijo, sino desde lo que decidió representar. Mientras parte del sistema político y mediático sigue esperando que Milei se comporte como un presidente tradicional, Milei parece haber tomado otra decisión: convertir precisamente esa expectativa en su principal adversario político.

 
 
 

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