IA, AULA Y PENSAMIENTO CRÍTICO
- 13 mar
- 2 Min. de lectura
✍🏼 Por Walter Javier Pianta

Sale otro texto que no le importa a nadie. En tiempos de fotos, videos y textos generados con inteligencia artificial, este artículo surge de una interacción algo anacrónica entre analogía y digitalidad: encontré un paper en la web, lo imprimí y lo leí en papel. No hay épica en eso, pero sí una pregunta que vale la pena sostener.
El trabajo se titula Student interaction with ChatGPT can promote complex critical thinking skills y fue publicado en la revista Learning and Instruction, disponible en ScienceDirect. Fue realizado por investigadores de la Universidad de Messina y analiza una cuestión menos llamativa que la IA en sí misma: no qué hace ChatGPT, sino cómo interactúan los estudiantes con él y qué tipo de pensamiento emerge de esa interacción.
El estudio se apoya en una muestra de 213 estudiantes universitarios y evalúa cuatro dimensiones: actitud hacia la inteligencia artificial, confianza en su uso, nivel de conocimiento técnico y grado de compromiso cognitivo durante la interacción. El resultado central es claro: el compromiso activo explica mejor el desempeño en pensamiento crítico complejo que el conocimiento técnico sobre la herramienta.
Dicho de otro modo, no es saber “usar” ChatGPT lo que se asocia con mejores capacidades de razonamiento, sino la forma en que se lo usa: preguntar, contrastar, evaluar respuestas, reformular argumentos. El pensamiento crítico no aparece como un efecto automático de la tecnología, sino como una práctica que depende de la interacción.
Este punto desplaza el eje del debate. El problema no es si los estudiantes usan inteligencia artificial —eso ya ocurre— sino bajo qué condiciones pedagógicas lo hacen. La tecnología deja de ser el centro y el aula vuelve a ocupar ese lugar.
Como docente universitario, este tipo de evidencia interpela directamente a nuestras prácticas. No alcanza con prohibir, permitir o regular el uso de IA. El foco debería estar en el diseño de consignas, en los criterios de evaluación y en el seguimiento del proceso de aprendizaje. La IA no reemplaza la mediación docente; la vuelve visible cuando falta.
En el contexto de las universidades argentinas, el desafío es menos tecnológico que didáctico. La formación crítica no se delega al algoritmo ni se resuelve con reglamentos. Se construye en prácticas concretas de enseñanza que obliguen a argumentar, justificar, comparar y revisar.
Leído así, este paper no habla solo de ChatGPT. Habla de universidad, de docencia y de responsabilidad institucional en un escenario de automatización creciente. Y eso —impreso o digital— sigue siendo un problema político y pedagógico de primer orden.
*La foto de este articulo fue generada con Nano Banana Pro
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