EL SUPER BOWL, BAD BUNNY Y CÓMO SE DISPUTA LA DEMOCRACIA HOY
- 13 mar
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 17 mar
✍🏼 Por Walter Javier Pianta
El Super Bowl LX no fue solo fútbol ni espectáculo. El show de medio tiempo de Bad Bunny funcionó como una intervención de comunicación política global, en uno de los escenarios simbólicos más poderosos del mundo, en un contexto de fuerte polarización y desgaste del liderazgo político en Estados Unidos.
Para entender por qué ese show generó una reacción tan virulenta de Donald Trump, conviene volver a Cómo mueren las democracias, el libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Allí, los autores proponen cuatro indicadores tempranos de derivas autoritarias: rechazo de las reglas democráticas, negación de la legitimidad del adversario, tolerancia a la violencia y disposición a restringir libertades civiles. No hace falta que aparezcan todos juntos. Con que algunos se activen, la democracia empieza a degradarse.
El Super Bowl es, justamente, uno de esos rituales “normales” que Levitsky describe: un escenario masivo, institucionalizado, aparentemente apolítico, desde donde también se disputa poder. Bad Bunny no rompió reglas. Las usó. Habló en español, celebró Puerto Rico, la diáspora y una idea de América más amplia que Estados Unidos, en el evento más visto del país.
La reacción de Trump —calificando el show como “terrible”, “repugnante” y ajeno a la grandeza nacional— no fue una crítica estética. Fue una operación de deslegitimación. Cuando el adversario deja de ser legítimo, advierte Levitsky, todo vale para expulsarlo del espacio público. En este caso, el “otro” no fue un partido político, sino un idioma, una cultura y una identidad.

Uno de los momentos más potentes del show fue cuando Bad Bunny entregó su Grammy a un niño en escena. El gesto no implicaba que ese niño fuera el detenido por ICE que se convirtió en símbolo de la política migratoria, sino que evocaba deliberadamente ese caso: una forma de condensar, en una imagen emocional, el costo humano de una política presentada como orden y seguridad. No fue ingenuidad ni sentimentalismo. Fue pedagogía política.
El contexto importa. Según una encuesta citada por Forbes en febrero de 2026, la aprobación de Trump se mantiene históricamente baja, con mayoría de desaprobación, especialmente vinculada a su política migratoria. El malestar ya existe. El show no lo crea: lo visibiliza.
El contraste fue brutal. De un lado, un espectáculo anclado en el presente, diverso y mestizo. Del otro, un show alternativo promovido por sectores MAGA, obsesionado con un pasado idealizado. Levitsky llama a esto polarización moral: el otro no solo piensa distinto, sino que “no pertenece”.
Las democracias no mueren solo por leyes o decretos. También mueren —o se defienden— en el plano simbólico. Cuando el poder político deja de autocontenerse, la cultura se convierte en campo de batalla. El Super Bowl 2026 mostró que esa disputa ya no es marginal: está en el centro del escenario global.
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