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Actores políticos sintéticos: cuando la inteligencia artificial empieza a fabricar al propagandista

  • 11 ago
  • 8 min de lectura

Por Javier Pianta


Jessica Foster tenía una vida bastante fácil de entender. Era joven, atractiva, militar, patriota y simpatizante de Donald Trump. En Instagram aparecía uniformada, hablaba de Estados Unidos, mezclaba imágenes de su supuesto trabajo con escenas personales y se movía con naturalidad dentro de ese universo cultural que combina Fuerzas Armadas, orgullo nacional, conservadurismo y estética MAGA. Funcionó. En pocos meses reunió una audiencia enorme. Miles de personas comentaban sus publicaciones, discutían con ella, la admiraban o simplemente la seguían porque les resultaba atractiva.

Había un problema: Jessica Foster nunca existió.


No había servido en el Ejército ni trabajado en las oficinas en las que aparecía fotografiada. No había posado con uniforme, viajado a esos lugares ni vivido las historias que sugerían sus publicaciones. El personaje que durante meses había ocupado un espacio perfectamente reconocible dentro de la conversación política estadounidense era una construcción generada con inteligencia artificial.


Cuando The Washington Post reconstruyó el caso en marzo de 2026, lo más interesante no era descubrir otra imagen falsa en internet. A esa altura ya sabemos que la inteligencia artificial puede fabricar fotografías, videos y voces extraordinariamente verosímiles. Lo verdaderamente novedoso era otra cosa: no se había falsificado solamente un contenido. Se había fabricado a quien lo difundía.


La diferencia puede parecer pequeña, pero para la comunicación política es enorme.

Durante los últimos años abordamos la relación entre inteligencia artificial y política a partir de una pregunta bastante cómoda: ¿esto que estoy viendo es verdadero? El deepfake sintetizó buena parte de aquel temor. Una persona real aparecía haciendo o diciendo algo que nunca había hecho ni dicho. La identidad existía; lo falso era el contenido.

Jessica Foster invierte esa lógica. El contenido podía ser perfectamente coherente con quien hablaba. Lo falso era quien hablaba.


Y por eso el caso debería interesarnos bastante más que como una rareza tecnológica.

En Argentina comienza a aparecer algo que, con todas las diferencias del caso, obliga a mirar en la misma dirección.


@lucialibertaria se presenta en twitter como una joven porteña, de derecha y libertaria. Habla de Javier Milei, del kirchnerismo, de economía, de patriotismo y de actualidad. Tiene rostro, estilo, posición política y una forma reconocible de intervenir en la conversación pública. Su feed podría confundirse sin demasiada dificultad con el de muchas creadoras digitales reales.

Lucía tampoco es persona real.


Conviene hacer una aclaración antes de seguir. Que una identidad sintética produzca contenidos favorables a Milei o a La Libertad Avanza no permite concluir quién la creó ni quién administra la cuenta. Hasta donde puede establecerse públicamente, no existe evidencia suficiente para atribuirla al Gobierno o al partido. En política, analizar un dispositivo es una cosa; adjudicar su autoría sin pruebas es otra.


Pero incluso sin conocer quién está detrás, el fenómeno es relevante.

Porque Jessica Foster en Estados Unidos y Lucía Libertaria en Argentina permiten observar el mismo desplazamiento: la inteligencia artificial empieza a utilizarse no sólo para generar lo que circula, sino para construir identidades capaces de hacerlo circular.

Durante años la tecnología aplicada a campañas perfeccionó la fabricación del mensaje. Después llegó la segmentación. Más tarde, el microtargeting. Cada avance persiguió, de una manera u otra, el mismo sueño: encontrar qué decirle a cada persona para aumentar la probabilidad de persuadirla.


La inteligencia artificial generativa multiplica esa capacidad. Simchon, Edwards y Lewandowsky mostraron experimentalmente que es posible automatizar la producción de mensajes políticos adaptados a características individuales y que esa personalización puede producir efectos persuasivos. No son efectos mágicos ni convierten automáticamente un votante, pero recuperan una vieja intuición de las campañas: pequeñas diferencias de eficacia, aplicadas sobre grandes audiencias, importan.

Hasta ahí todavía estamos dentro de un territorio conocido. Cambian las herramientas, pero la lógica sigue siendo la del mensaje adecuado para la persona adecuada.

Lo que aparece ahora abre otra pregunta: ¿qué pasa si también podemos fabricar al emisor adecuado para cada público?


Pensemos por un momento qué significa eso.


Para hablar con estudiantes universitarios podría construirse una estudiante. Para ingresar en comunidades militares, un integrante de las Fuerzas Armadas. Para determinados segmentos religiosos, una persona con una biografía atravesada por la fe. Para públicos jóvenes de derecha, una creadora atractiva, irreverente y antisistema. Para otros sectores, un trabajador, una madre, un jubilado o un emprendedor.


Cada uno con su rostro. Su vocabulario. Su historia. Sus preocupaciones. Sus enemigos. Sus contradicciones cuidadosamente administradas. Incluso sus momentos de aparente espontaneidad.


La personalización deja entonces de limitarse al mensaje y empieza a alcanzar a quien lo pronuncia.


Ahí empieza, para mí, el fenómeno más interesante.


La academia todavía está poniéndole nombre porque estamos frente a un proceso muy reciente. Wack y otros investigadores hablan de generative propaganda para describir cómo la inteligencia artificial puede aumentar la escala, la velocidad y la variedad de las operaciones de influencia. Daepp y sus colegas advierten que concentrar todo el debate en los deepfakes corre el riesgo de hacernos mirar sólo una parte del problema. La IA no sirve únicamente para producir una falsificación convincente; también puede reducir costos, probar argumentos, adaptar narrativas, amplificar contenidos y sostener operaciones comunicacionales enteras.


El cambio económico resulta tan importante como el tecnológico.

Mantener durante meses una identidad inventada pero creíble era una tarea costosa. Había que producir fotografías, escribir textos, sostener una personalidad coherente, inventar escenarios, responder conversaciones y cuidar que la historia no se desarmara. Hoy una parte creciente de ese trabajo puede automatizarse. No hace falta imaginar un sofisticado centro clandestino lleno de computadoras. La barrera de entrada baja cada mes.


Y cuando baja el costo de producir algo, normalmente aumenta la cantidad de quienes empiezan a producirlo.


Por eso no deberíamos concentrarnos demasiado en si Lucía tiene hoy diez mil, veinte mil o cien mil seguidores. Ese dato puede cambiar rápidamente y, en el fondo, es secundario. Lo interesante es que funciona como prototipo. Muestra que una identidad artificial puede incorporarse sin demasiada fricción a un ecosistema político real.

Puede publicar. Puede posicionarse. Puede ser compartida. Puede generar adhesiones y rechazos. Puede intervenir sobre una coyuntura que sí existe aunque ella no exista.

En este punto aparece algo que la comunicación política sabe desde mucho antes de la inteligencia artificial: nunca importa solamente el mensaje.

Importa quién habla.


Un argumento pronunciado por un economista no funciona de la misma manera si lo pronuncia un deportista. Una propuesta formulada por un presidente no produce exactamente el mismo efecto cuando surge de un vecino. La historia personal, la apariencia, la pertenencia social, la edad, el acento y la reputación del emisor forman parte de la comunicación.

Olejnik aporta en sus experimentos sobre sistemas automatizados de propaganda una observación especialmente sugerente: la persona desde la que comunica el sistema puede ser determinante para la respuesta que obtiene. Dicho de otro modo, la personalidad no es un decorado que envuelve al mensaje. Es parte de la arquitectura de persuasión.


La IA permite ahora diseñar esa arquitectura.


Y las redes sociales ofrecen el ambiente perfecto para que funcione porque hace mucho tiempo dejaron de ser simples plataformas de distribución de información. Son fábricas de familiaridad.


No seguimos únicamente opiniones. Seguimos personas.

Sabemos qué desayunan, dónde entrenan, qué música escuchan, qué serie miraron, con quién salieron, qué los enojó, qué les causa gracia y, casi inevitablemente, qué piensan de política. Después de meses de exposición aparece una sensación extraña pero habitual: creemos conocer a alguien a quien nunca conocimos.


Esa es la fuerza de la relación parasocial.


No nació con Instagram ni con TikTok. La televisión ya había construido vínculos similares entre las audiencias y sus estrellas. La diferencia es que las plataformas digitales hicieron esa relación cotidiana, interactiva y permanente. El creador ya no aparece una hora por semana. Vive en nuestro teléfono.


Y esa familiaridad tiene valor político.


Experimentos realizados durante las elecciones estadounidenses de 2024 encontraron que la exposición a determinados creadores puede modificar conocimiento político, posiciones sobre asuntos públicos, evaluaciones partidarias e incluso preferencias. Pero hay una cuestión todavía más significativa: un influencer no necesita convertirse en comentarista político profesional para producir efectos políticos.


Quizás ocurra exactamente lo contrario.


Cuanto menos se parece alguien a un portavoz, más fácil puede resultar que sus opiniones sean recibidas como auténticas.


Jessica Foster no necesitaba comportarse como una pieza de campaña durante las veinticuatro horas del día. Podía presentarse primero como una joven militar. Mostrar su vida. Construir una estética. Generar identificación. Resultar atractiva. Recién después aparecían Trump, MAGA y el repertorio político que articulaba aquella identidad.

La propaganda entraba por una puerta distinta.


Eso también explica por qué la categoría deepfake empieza a resultar insuficiente.

Una imagen falsa es un acontecimiento. Una identidad sintética es un proceso.

Puede tener pasado, presente y futuro. Puede publicar hoy y reaccionar mañana. Puede viajar sin moverse, recordar una infancia que nunca tuvo y contar una experiencia que jamás ocurrió. Puede sostener durante meses una historia coherente y transformarla de acuerdo con aquello que produzca mejores resultados.


En otras palabras, puede construir biografía.


Y cuando la biografía también puede fabricarse, el problema deja de ser solamente tecnológico. Se vuelve cultural y político.


Tal vez por eso convenga empezar a pensar en una categoría más amplia: actores políticos sintéticos.


La expresión no supone que debamos considerar candidato a cualquier avatar de Instagram. Describe algo más básico: entidades artificiales capaces de ocupar funciones comunicacionales que hasta ahora reservábamos a personas. Pueden representar posiciones, articular comunidades, instalar argumentos, participar de conversaciones y construir vínculos con audiencias.


Además, los primeros experimentos internacionales muestran que la frontera ya comienza a desplazarse. Hay casos de avatares asociados a candidatos reales, políticos virtuales diseñados para conversar con ciudadanos, dobles digitales y sistemas que buscan desempeñar algunas funciones de representación.


No sabemos todavía hasta dónde llegará este proceso. Y sería un error convertir cada innovación tecnológica en una profecía inevitable. La historia de internet está llena de tecnologías que prometieron transformar completamente la política y terminaron ocupando lugares bastante más modestos.


Pero tampoco conviene ignorar el movimiento porque todavía sea pequeño.

La política digital recorrió en pocos años una secuencia bastante clara. Primero aprendió a segmentar públicos. Después personalizó mensajes. Más tarde automatizó la producción de contenidos. El paso que empieza a insinuarse consiste en personalizar también la fuente aparente de esos contenidos.


No solamente decidir qué queremos decir.


Decidir quién conviene que parezca decirlo.


Ahí aparece una dificultad adicional para nuestras democracias. Llevamos años intentando mejorar la alfabetización informacional de los ciudadanos: verificar fuentes, desconfiar de imágenes manipuladas, comprobar audios, identificar noticias falsas. Pero casi todas esas herramientas parten de una premisa silenciosa: detrás de la información hay alguien.

Quizás esa premisa empiece a dejar de ser segura.


La pregunta del futuro no será únicamente si una fotografía es verdadera o si un video fue manipulado.


Podría ser bastante más elemental.

¿Existe la persona que llevo seis meses siguiendo?

La primera generación de propaganda con inteligencia artificial aprendió a fabricar contenidos.


La que empieza a aparecer ahora parece haber entendido algo más antiguo que cualquier algoritmo: las personas rara vez son persuadidas solamente por argumentos. También son persuadidas por vínculos, identidades, pertenencias y confianza.

Y si la confianza puede construirse con alguien que nunca vivió, entonces la inteligencia artificial no habrá conseguido solamente producir mejores piezas de propaganda.

Habrá aprendido a fabricar al propagandista.


Referencias para profundizar

Wack et al. (2025), trabajos sobre generative propaganda y automatización de operaciones de influencia.

Daepp et al. (2025), investigaciones sobre usos políticos de IA generativa más allá del paradigma de los deepfakes.

Simchon, A.; Edwards, M. & Lewandowsky, S. (2024). The persuasive effects of political microtargeting in the age of generative artificial intelligence. PNAS Nexus.

Olejnik, L. (2025), trabajos experimentales sobre AI propaganda factories y comunicación política basada en personas sintéticas.

Chen, Ye, Ferrara & Luceri (2025), Prevalence, Sharing Patterns, and Spreaders of Multimodal AI-Generated Content on X during the 2024 U.S. Presidential Election.

Chmel et al. (2025), How social media creators shape mass politics: A field experiment during the 2024 US elections.

The Washington Post (20 de marzo de 2026), investigación sobre Jessica Foster y las nuevas identidades sintéticas vinculadas al ecosistema MAGA.

 
 
 

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